Una de esas negras noches del campo

«… Y esos pobres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica! ¡Qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apariencia metálica! ¡Y aquí que las brisas no los mecen!… ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes! Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: «¡Tú no eres tú!», y para que no lo olviden le han dado esa iluminación. nocturna por luz eléctrica…, para que no se duerman… ¡Pobres árboles trasnochadores!.»

Miguel de Unamuno, Niebla,   

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Pueblo taurino

«… Pueblo que se recrea en las corridas de toros y halla variedad y amenidad en ese espectáculo sencillísimo, está juzgado en cuanto a mentalidad.»

Del prólogo de Niebla, Miguel de Unamuno.  

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Un reducto de libertad

«… Ya está perdido; luego, con el pretexto del cariño, de la comprensión, de la compañía empieza a ser devorado por un cierto número de criaturas que lo consideran cosa propia. Ya no será nunca más un individuo, un hombre dueño de sus actos tanto como de un instante, un reducto de libertad. No sólo le exigirán la entrega total, la primacía de los deberes para con ellos, sino que considerarán ultrajante, vejatorio y punible aquel gesto —el más fútil e inocente— mediante el cual pretende reservarse un pedazo de su vida para sí mismo. ¡Eso sí que no!»

Juan Benet, Volverás a Región. Destino, 2001

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Como ropa usada

«… Pero como Adela se había educado en la vecindad y compañía de buenas familias antes de ser madre había adquirido un sentido muy estricto de la honestidad y los deberes del criado por lo que en cuanto su hijo llegó a la edad de entenderla le inoculó esos desechos de la educación burguesa que las clases humildes han de recibir como la ropa usada de los señores: abrigos que es preciso convertir en chaquetas y camisas con las que hay que hacer un pijama.»

Juan Benet, Volverás a Región. Destino, 2001

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Los malos hábitos

«… Cualquiera que haya malgastado horas navegando en la Red sabe que la tecnología refuerza los malos hábitos.»

Ted Chiang,  Exhalación. Sexto Piso, 2020  
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La soledad de los jardines

«… Encontrarse solo en medio de aquellos montones de escombros era algo que le deprimía a uno. Para llegar hasta los jardines escalé la escombrera de lo que en otro tiempo había sido una casa de labor; penetré allí con cuidado, pues en los jardines hay pozos profundos cuyos brocales han sido derribados y cuyas bocas tapa la vegetación. Más de uno ha sentido en estas aldeas que el suelo se hundía bajo sus pies y ha perecido ahogado o bien se ha roto los huesos al caer y ha sido luego devorado por las ratas, que en estos lugares llevan siempre una vida muy ajetreada.
La soledad de los jardines, que parecían estar encantados y en los cuales hacía un calor bochornoso, ofrecía un aspecto más agradable. Cuando son devastados lugares en que han habitado seres humanos, pronto se instala allí el espanto; brota de ellos un hálito que parece salir de sepulcros abiertos. Al caminante que pasa junto a ellos lo sobrecoge siempre la sensación de que allí ha quedado aniquilada una felicidad que nunca jamás volverá a florecer.»

Ernst Jünger,  El Bosquecillo 125. Tusquets, 2005

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Por fin una bala

«… Por fin me había atrapado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida. Delante de Mory, en la carretera, había notado ya la mano de la muerte — esta vez me aferraba más fuerte, más nítidamente—. Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y, sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquél uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase. Notaba un asombro incrédulo, el asombro de que precisamente allí fuera a acabar mi vida; pero era un asombro lleno de alegría. Luego oí cómo el fuego se debilitaba; parecía que me hundiese como una piedra bajo la superficie de un oleaje furioso. Allí no había ya ni guerra ni enemistad.»

Ernst Jünger,  Tempestades de acero. Tusquets, 2005

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Los últimos recursos

«… Antes, cuando un disparo mataba un caballo, éste quedaba allí tirado, se hinchaba y apestaba la zona, hasta que se lo recubría con clorato de cal. Hoy, por el contrario, es como si viviéramos en un país habitado por buitres. Primero desaparecen grandes trozos de los lomos y de los cuartos traseros, y en el transcurso de un solo día queda separada de los huesos la casi totalidad de la carne. Esta va a parar a las cazuelas; proporciona un caldo muy consistente. También hoy ha ocurrido lo mismo. Otto, que es un auténtico lansquenete, se enteró enseguida, como es natural, del feliz suceso y se trajo la lengua del caballo; nos la hemos comido chupándonos los dedos.
Vivimos como en una fortaleza sitiada en la que hay que echar mano de los últimos recursos.»

Ernst Jünger,  El Bosquecillo 125. Tusquets, 2005

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Concession á perpétuité

«… Más tarde me metí por un agujero redondo que una granada había abierto en una pared y me encontré de súbito en un mundo del todo diferente. Era un camposanto y sobre él se había abatido la desolación como un Juicio Final.
Las lápidas de las tumbas se hallaban fragmentadas; las cruces de hierro fundido, rotas; las placas de cobre —en las que estaban escritos nombres y frases piadosas—, perforadas y enrolladas como si fueran hojas. La violencia de los proyectiles había arrancado de sus sitios las pesadas losas de piedra arenisca de los panteones familiares, llenas de escudos e inscripciones, y las había partido en dos pedazos; dentro de las fosas que habían estado tapadas por aquellas losas yacían, dispersos, restos de ataúdes metálicos y rotas coronas de negras perlas de vidrio. En el centro se alzaba, junto a un ángel derribado, un oscuro ciprés de forma cónica; extrañamente, se conservaba aún en buen estado. Las hileras de las sepulturas infantiles parecían haber sido escarbadas por las garras de animales de rapiña y los pequeños rótulos de porcelana que habían estado colocados antes en las cabeceras de esas tumbas yacían ahora dispersos por todos lados. Las ratas habían abierto por doquier sus pasadizos y sacado afuera podridos jirones de ropa. En un bloque de granito que se encontraba tirado en medio del camino estaban talladas estas palabras: “Concession á perpétuité“.»

Ernst Jünger,  El Bosquecillo 125. Tusquets, 2005

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No es en las horas más ruidosas

«… Aquí no se está bien, sin embargo. Es como si un furioso elemento de la Naturaleza, como si un volcán que hace un momento todavía estuviera en plena actividad, se hubiera quedado congelado. Además, resulta muy difícil creer que no puedan ya tener ni pensamientos ni voluntad estos muertos, que hace muy poco vivían aún la exaltación más salvaje de sus existencias y que ahora yacen ahí cual si una varita mágica los hubiera tocado. Pues, a pesar de todo, son seres y no meras cosas. Una y otra vez se sorprende uno a sí mismo echando a hurtadillas miradas de soslayo, como si quisiera asegurarse de que están de verdad completamente quietos en sus sitios y no realizan ningún movimiento. Uno se siente inclinado a atribuir intenciones ocultas y pérfidas a los silenciosos habitantes de este lugar, unos habitantes parecidos a seres humanos y sujetos a unas leyes del todo desconocidas; no está completamente seguro de que sean incapaces de llevar a la práctica sus intenciones. Aunque ocurriese cualquier cosa, uno no se asombraría de nada. No es en las horas más ruidosas cuando el horror recorre el campo de batalla.»

Ernst Jünger,  El Bosquecillo 125. Tusquets, 2005

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