Como todos los diarios y todos los periodistas

«… Uno de estos sesgos profundos a cuya merced estamos es la aversión a las pérdidas. Para ilustrarlo tomemos un inteligente, como suyo, artículo de Javier Marías . En él hablaba de una macroencuesta llevada a cabo y publicada por el diario El País  con motivo de la celebración del Día de la Mujer el 8 de marzo de este año. El titular elegido por el periódico era «Una de cada tres españolas se ha sentido acosada sexualmente». Marías hacía notar que el verdadero titular tendría que haber sido que dos tercios de las mujeres españolas nunca se han sentido sexualmente acosadas. Pero no. El diario El País , como todos los diarios y todos los periodistas, prefirió resaltar el lado negativo de la noticia, que tiene más pegada emocional, que el lado positivo, mucho más insulso y sin relieve para el público. Esto ilustra bien nuestro sesgo de aversión a las pérdidas: damos más importancia a la mala noticia de que un tercio de las españolas se hayan visto acosadas alguna vez que a la buena noticia de que dos tercios de las mismas no lo hayan sido nunca, y esto aunque ambas noticias sean formalmente idénticas. La conclusión práctica es que, si hacemos caso a la prensa, los informativos o Internet, concluiremos, llevados por este sesgo de aversión a las pérdidas, que el mundo cada vez va a peor. Cuando estamos viendo que lo cierto es justamente lo contrario.»

Juan Antonio Rivera, Estamos progresando y usted no lo sabe. Revista de libros, septiembre  2018

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Mientras haya lectores

«… Ciertas lecturas se resisten a las pantallas. Hay algo intrínsecamente profano en ellas. Acaso sea su promiscuidad: lo mismo pueden representar páginas de la Biblia que imágenes de porn stars, de gatitos que de cadáveres, de Borges que de Coelho. La pantalla es la superficie más infiel, espejo que en vez de reflejar nos desdibuja. Tener una biblioteca entera en la tablet puede resultar muy cómodo a la hora de las mudanzas, pero también muy solitario al habitar una casa; a los humanos nos gusta rodearnos de objetos a los que atribuimos valor emocional, de libros que nos guían y acompañan como brújulas o amuletos.
La lectura religiosa, como todos los rituales, exige un objeto sagrado, un portal hacia el misterio, un depósito concreto de lo invisible. Para compensar su ligereza, las ideas más abstractas requieren el dispendio de materia. De ahí los monumentos, los trofeos, los anillos de compromiso: símbolos que encarnan aspiraciones. Y la lectura religiosa no sucede solamente dentro del marco de las religiones instituidas. Hay devotos del Quijote, de En busca del tiempo perdido, de Muerte sin fin. Mientras haya lectores, no dejará de consagrarse a los libros sagrados una porción exclusiva de materia, un lugar tangible sobre el mundo. Mientras haya lectores, los mejores libros, aquellos cuya lectura se asemeja a un ritual, no dejarán de imprimirse.»

Jorge Comensal, Más que una experiencia religiosa. Revista Claves de la razón práctica, número 259, julio-agosto 2018

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Comunicar algo esencial

«… Las cartas, aunque sean electrónicas, siguen vivas entre los amantes, y dudo que lleguen a ser desplazadas por videograbaciones en el ámbito sentimental. Su vitalidad reside en el surplus de arrojo y de elocuencia que la escritura nos concede cuando se trata de comunicar algo esencial.»

Jorge Comensal, Más que una experiencia religiosa. Revista Claves de la razón práctica, número 259, julio-agosto 2018

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El libro

«… Aunque yo he sido un lector tardío, el libro es la fuente que alimenta tu sensibilidad, hace que te descubras a ti mismo y que descubras mundos. Pero en un mundo sin agua y bosques no puede haber libros. Se tienen que hacer con agua y bosques en los que se esconden los Borges. En contraste con otros medios de conocimientos, como la televisión o el cine, el libro ha mantenido su mitología, porque tiene un valor del que carecen esas otras formas de expresión; la lectura sigue siendo un acto íntimo y personal, probablemente el único que nos quede. La televisión te obliga a tener un televisor, electricidad y una antena. El libro es sencillamente un objeto que te cabe en la mano, que puedes llevar contigo y leer en cualquier lugar. No necesita más.»

Jaime Salinas, El oficio de editor. Alfaguara, 2013

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El modelo de una editorial

«… Como ha escrito Roberto Calasso, “una serie de libros puede ser leída como un libro único en la mente de alguien, por lo menos de esa entidad anómala que está detrás de cada libro en particular, el editor. Los libros que nos han dado cierto placer forman, en nuestra mente, una criatura compleja, cuyas articulaciones se encuentran ligadas por una invencible afinidad. Esta criatura, formada tanto por la casualidad como por la búsqueda deliberada, podría ser el modelo de una editorial.»

Citado en Gabriel Ferrater, Noticias de libros. Península, 2012

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Cada alma

«… —Cierto, Dios no existe. No obstante, al menos en el mundo que espero y por el cual rezo, cada alma tendrá una oportunidad. No habrá más seres que no han nacido aguardando a la puerta, gimiendo para que los dejen entrar. Cada alma tendrá ocasión de saborear la vida, que sin duda es lo más delicioso que existe. Y al cabo del tiempo, podremos alzar la cabeza, nosotros, señores de la vida y de la muerte, señores del universo. Ya no tendremos que montar guardia a la puerta y decir Lo lamento, pero no podéis entrar, sois indeseados, sois demasiados. En cambio, podremos decir: Entrad, os queremos aquí, os queremos a todos

J.M. Coetzee. Siete cuentos morales. Random House, 2018

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La consumación de la razón

«… —Piensa entonces en ese momento, el momento en que estás solo con quien amas de veras, deseas de veras. El momento de la consumación. ¿En dónde está lo que llamas razón en ese instante? ¿Está totalmente obliterada, de modo que en ese momento no somos diferentes de la garrapata ahíta de sangre? ¿O es que, detrás de todo, la chispa de la razón todavía titila, inextinguible, aguarda su hora, espera para inflamarse de nuevo, espera el instante en que te separarás del cuerpo de tu amada y reanudarás tu propia vida? Si fuera así, ¿qué hacía esa chispa de razón mientras el cuerpo retozaba? ¿Esperaba con impaciencia ese instante para reivindicarse o, por el contrario, se dejaba invadir por la melancolía, anhelando expirar, morir, sin saber cómo hacerlo? Porque —hablando de un adulto a otro— ¿no es eso lo que estorba a la consumación: ese tenue y persistente parpadear de la razón o de la racionalidad? Queremos disolvernos en nuestra naturaleza animal, pero no podemos.»

J.M. Coetzee. Siete cuentos morales. Random House, 2018

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