Principio aplicable a los equipos en cualquier ámbito

«… La Auftragstaktik amalgamaba la coherencia estratégica y la descentralización mediante un principio simple: los comandantes debían comunicar a los subordinados cuál era el objetivo, pero no debían decirles cómo alcanzarlo.»

Philip E. Tetlock, Superpronosticadores. Katz, 2017

 

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Se abre el infierno

«… Carlos Castilla del Pino, de 13 años de edad, seguía inmerso en la somnolencia propia de las vacaciones escolares de verano. Una vez las tropas marroquíes hubieron tomado San Roque, su pueblo natal cerca de Gibraltar, la vida pareció volver a la normalidad. Carlos esperaba reanudar pronto las clases con su tutor.
La noche del 26 de julio dio al traste con sus ilusiones. Procedentes de Málaga, llegaron a las cercanías del pueblo camiones llenos de milicianos del Frente Popular. A las siete de la mañana siguiente se oyeron disparos. Llenos de nerviosismo, el tío del muchacho y otras personas colocaron colchones ante las ventanas de la casa. Pronto llegó a la puerta un grupo de milicianos.
“Nueve escopetazos… Los conté… Así fue como llamaron. Mi tío abrió la puerta. Entraron tres hombres. Dos llevaban escopeta y vestían camisa blanca con mangas subidas, pañuelo rojo al cuello y un brazal también rojo. El otro hombre llevaba casco de acero, el primero que yo veía, y galones de sargento. Con la izquierda empuñaba un sable y con la derecha una pistola grande…“

Los hombres registraron la casa y el muchacho les siguió. Los dos anarquistas, pues esto se imaginó que eran, parecían muy nerviosos, más por encontrarse en una casa de gente acomodada y ante señoras que por cualquier otra razón, le pareció a Carlos. Uno de ellos soltó un grito al encontrar algo escondido debajo de unas prendas en el interior de un armario. Era un crucifijo grande y no el arma que creía haber descubierto. Volvió a dejarlo donde estaba. Permanecieron en la casa media hora y luego se llevaron a sus tres tíos y un primo como rehenes. Todos sus familiares eran monárquicos y su padre, ya fallecido, había sido alcalde del pueblo durante la dictadura de Primo de Rivera.


Fuera seguía el tiroteo. Aunque él no lo sabía, sus tíos y su primo habían sido llevados al cuartel, donde les ordenaron que pidieran la rendición del destacamento del ejército y de los guardias civiles. Los cuatro se negaron a ello. Al mediodía volvieron a llamar a la puerta. El chico la abrió y se encontró delante de un teniente de los regulares marroquíes. El oficial le comunicó que sus tíos y su primo habían sido fusilados.
“Las mujeres de la casa, mi madre y mis tías, empezaron a chillar y a gemir. Al amparo de sus llantos, me escabullí. El teniente había dicho que mi tío Pepe, aunque malherido, seguía con vida en el hospital. Yo le quería mucho…“ Cruzó las calles a todo correr. En la calle de la Plata vio tres cadáveres cerca de la acera. Dos hombres y una criatura. Más tarde se enteró de que uno de los hombres había salido de su casa para ver qué pasaba y un marroquí le había pegado un tiro; entonces salió su hermano y recibió otro tiro. Llorando de dolor, salió el hijo y el marroquí le pegó otro tiro también.


Seguían oyéndose tiros, así que, sin que nadie se lo ordenara, levantó las manos. Mientras corría vio que en una camilla improvisada se llevaban el cuerpo de su tío Juan, envuelto en una bandera republicana. En el hospital, el médico, al que conocía bien de acompañarlo en sus rondas, ya que el chico quería ser médico, le dijo que podía ver a su tío Pepe. “Pero está muy malherido. No llores…“ Lo encontró tendido en un corredor. El hospital no disponía de más de media docena de camas y todas estaban ocupadas por carabineros heridos. Tras ser herido en la calle, su tío había logrado arrastrarse hasta la puerta de un republicano y allí había sido herido otra vez. Tenía en el cuerpo 21 heridas de bala, una de ellas en los dedos de los pies.
“Al verle, al ver los vendajes ensangrentados que llevaba, rompí a llorar. Creo que me reconoció. No tardó en morir…“

Salió del hospital. Su otro tío y su primo yacían muertos en la calle. Al caer muerto, el rostro del tío Miguel había chocado con tanta fuerza contra el suelo que no pudieron borrar el rastro de sangre y tuvieron que cambiar el adoquín por otro. Entonces vio a un moro al otro lado de la calle.

“«¡Hala, paisa, corre, corre!», gritó. Levantó el fusil e hizo fuego. No vi caer al hombre, pero más tarde supe que se trataba de un conocido anarquista local. Los moros estaban registrando las casas en busca de milicianos y luego los mataban. Desde lo alto de un lugar de las afueras llamado La Hasa los moros y los guardias civiles disparaban sobre los milicianos que, a sólo 200 o 300 metros, trataban de escapar en sus camiones. Fue una masacre… Regresé a casa. No me sentía afectado por lo ocurrido como si fuera una gran tragedia personal. En vez de ello, mientras relataba lo que había visto tenía la sensación de ser un héroe. Ninguno de los de casa soñó siquiera en comer algo, pero yo tenía hambre, de modo que sin que me vieran me metí en la cocina. No encontré más que una lata de leche condensada, que me bebí a grandes tragos…“

La familia pasó la noche en el cuartel de infantería por si volvían los “rojos“. Sus tíos y su primo eran los únicos derechistas a los que habían fusilado. A otras 20 personas más o menos se las habían llevado al cementerio, pero los marroquíes habían llegado a tiempo. A juzgar por la posición de sus cadáveres, a sus parientes les habían pegado un tiro los milicianos al retirarse, en vez de caer en una ejecución en toda regla.


En el cuartel alguien dijo que media docena de hombres había sido ejecutada contra el muro trasero. Carlos y varios otros fueron a ver. Vieron los cadáveres de seis republicanos que habían muerto fusilados. Uno de los cadáveres todavía tenía la pipa en la boca.


Al día siguiente él y sus primos fueron al cementerio a enterrar a sus muertos. Sus ojos se encontraron con una escena infernal. El cementerio estaba alfombrado de cadáveres, al menos habría 200. Se abrieron paso entre ellos, buscando a sus parientes. Tras amortajarlos con las sábanas que llevaban consigo, los enterraron ellos mismos en el panteón de la familia, sin ataúdes. No reconoció a ninguno de los demás cadáveres. Lo más seguro es que fueran de los milicianos que habían tratado de escapar. Los derechistas siguieron ejecutando gente aquella noche.
“A una pareja de anarquistas, cuyo hijo era compañero mío en la escuela, se la llevaron a un pueblo que estaba a 25 kilómetros y allí la fusilaron. Más tarde, un falangista que presenció la ejecución me contó que, antes de ser ejecutada, a la mujer la habían violado todos los moros que formaban el pelotón de fusilamiento… Los cinco carabineros heridos que había en el hospital fueron sacados en camilla. Los moros los iban cogiendo por los brazos y los pies y los arrojaban a la parte de atrás de un camión. El practicante del pueblo, que tuvo que acompañarlos con un farol, me contó lo sucedido. Cuando salieron a la carretera, no hubo forma de que los heridos se tuvieran en pie para fusilarlos, así que los moros los mataron a bayonetazos…“

La familia de Carlos decidió marcharse, refugiarse en Gibraltar. San Roque caía virtualmente en plena línea de fuego. Emprendieron la marcha al día siguiente y recorrieron la pequeña distancia sin dificultad.»

Ronald Fraser, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Citado en Gonzalo Pontón, España. Historia de todos nosotros desde el Neolítico hasta el coronavirus. Pasado & Presente

 

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La indiferencia de el mar

«… Escupa en el mar, hombre, y verá que ni se mueve; cuéntele su destino y no se conmoverá.»

Karel Čapek, La guerra de las salamandras. Gigamesh, 2003

 

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Como una luna en el agua

«… Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.»

Julio Cortázar, Rayuela. Alfaguara, 2019

 

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Como si se pudiese elegir en el amor

«… Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.»

Julio Cortázar, Rayuela. Alfaguara, 2019

 

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Los perfumados aerodinámicos

«… Al viejo del accidente también le habían puesto algún supositorio en el hospital, era increíble la forma en que estaban de moda, habría que analizar filosóficamente esa sorprendente reivindicación del ano, su exaltación a una segunda boca, a algo que ya no se limita a excretar sino que absorbe y deglute los perfumados aerodinámicos pequeños obuses rosa verde y blanco.»

Julio Cortázar, Rayuela. Alfaguara, 2019

 

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El olvido del Edén


«… Y llora (porque el gesto es también el que acompaña el llanto) cuando se da cuenta de que es inútil, que la verdadera condena es eso que ya empieza: el olvido el Edén, es decir la conformidad vacuna, la alegría barata y sucia del trabajo y el sudor de la frente y las vacaciones pagas.»

Julio Cortázar, Rayuela. Alfaguara, 2019

 

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El universo sin el hombre

«… Es una gran aventura contemplar el universo, más allá del hombre, contemplar cómo sería sin el hombre, tal como fue en gran parte de su larga historia y tal como es en la gran mayoría de los lugares. Cuando se ha alcanzado finalmente esta visión objetiva, cuando se ha apreciado por completo el misterio y la majestad de la materia y entonces se dirige de nuevo la mirada objetiva hacia el hombre visto como materia y se percibe la vida como parte de este misterio universal de la mayor profundidad, se experimenta una sensación muy rara y muy excitante.»

Richard P. Feynman, Qué significa todo eso. Crítica, 2004

 

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Haber dejado que nos distraigan

«… La pena es que resulta un poco triste haber malgastado gran parte de la posibilidad que teníamos de vivir una vida más rica. El no haber aprovechado todo nuestro potencial. Haber dejado que nos distraigan. Distraerse puede significar también desviar la atención de uno mismo. Ni más ni menos. Lo cual me hace pensar en una palabra con mayor carga negativa aún: pasatiempo. Dejar pasar el tiempo. No detenerse, sino dejar que nos afecten el ruido, las expectativas y las imágenes. Permitir que nos distraigan en lugar de demorarnos en lo que estamos haciendo y en otras cosas que podríamos hacer. No quiero decir que sea sencillo, pero puede que valga la pena intentarlo.»

Erling Kagge, El silencio en la era del ruido. Taurus, 2017

 

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La última vez que los vi hace veintidós años

«… Dos amigos míos tenían planeado escalar el Everest. Una mañana muy temprano dejaron el campamento base para subir por la cara suroeste de la montaña. Escalaron sin problemas. Los dos alcanzaron la cima, pero entonces estalló una tormenta. Enseguida comprendieron que no podrían descender con vida. El primero consiguió ponerse en contacto telefónico vía satélite con su mujer, que estaba embarazada. Entre los dos decidieron cómo iba a llamarse el niño que estaban esperando. Y luego se durmió en la cima misma de la montaña. El otro no pudo localizar a nadie antes de morir. Nadie sabe lo que pasó en la montaña aquella tarde. Gracias al clima seco y frío que hay a más de ocho mil metros de altura, estarán congelados. Estarán allí tranquilamente, como eran, más o menos como estaban la última vez que los vi hace veintidós años.”

Erling Kagge, El silencio en la era del ruido. Taurus, 2017

 

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