La patata

«… ¿Qué tenía la patata? ¿Acaso no era más que una especie de café de países lejanos, de la que podían prescindir? Ah, no; la patata es un fruto único, aguanta la sequía y la humedad, y siempre crece, desafía los rigores del clima y soporta lo indecible; cuando los humanos le dan un trato razonable, la patata se lo devuelve multiplicado por quince. La patata no tiene la sangre de la uva, pero sí la carne de la castaña; se fríe, se cuece y sirve para todo. Un hombre puede pasar sin pan, pero si dispone de una patata no carecerá de alimento. La patata puede asarse en las cenizas calientes y servir de cena, o también se la cuece y sirve de desayuno. ¿Qué acompañamiento requiere? Poco: la patata es modesta, le basta con una jarra de leche o un arenque. Los ricos la toman con mantequilla, los pobres la untan con una pizca de sal en un platillo; Isak se permitía comérsela los domingos mojada en la nata agria de la leche de Cuerno de Oro. ¡Esa patata tan apreciada y tan bendita!»

Knut Hamsun,  La bendición de la tierra. Bruguera, 2007

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Dos partes

«… Solem vino al cobertizo y me pidió el hacha para cortar la cabeza a varios pollos. Sí; en esto se podía ver, él tenía que hacer todo, era el brazo derecho de la casa, el imprescindible.
Sujetó el pollo contra el bloque de madera y se preparó; pero la cosa no era tan fácil; el pollo retorcía la cabeza hacia arriba, como una serpiente, y no quería dejarla quieta. Por fin cesó de gritar.
― Siento cómo le late fuertemente el corazón ―dijo Solem.
De pronto vio la ocasión, y dio el golpe. Allí quedó la cabeza. Solem todavía tenía el cuerpo, que temblaba, en su mano. La cosa fue tan rápida que para mí los dos trozos eran todavía uno; yo no alcancé a darme cuenta de una separación tan inverosímil y loca. Duró uno o dos segundos; después ya fue cuando mis ojos vieron lo ocurrido. El horror en la cara de aquella cabeza suelta era visible, parecía que aún no creía lo ocurrido, y se levantó un poco como para demostrar que no había pasado nada. Solem soltó el pollo, que se quedó un momento quieto, pero enseguida volvió a sacudir las patas, se irguió y revoloteó. El cuerpo sin cabeza se balanceaba, tocando con un ala la pared, esparciendo sangre alrededor, hasta que se quedó por fin inerte.»

Knut Hamsun,  La última alegría. Alfaguara, 2005

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La eternidad

«… Pero, si te obstinas y me preguntas qué es la eternidad, te contestaré, puesto que también he llegado a la misma conclusión que tú, que la eternidad no es más que tiempo aún no creado, nada más, tiempo aún  no creado.»

Knut Hamsun,  La última alegría. Alfaguara, 2005

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La modernidad

«… Después se construyeron casas para guarecerse de la nieve y de la lluvia, y nada más. Ya no fueron grandes, ya no fueron hermosas. Se trató únicamente de asegurar, al modo suizo, un albergue para la mujer y los hijos. Y así aprendimos del pueblo suizo, que vive en las alturas de los Alpes, que en el curso de toda su historia no ha sido nunca nada y no ha producido nunca nada, aprendimos, pues, a prescindir del aspecto que presenta a la vista una vivienda humana, con tal de que puedan utilizarla los turistas ambulantes. ¿Para qué sirve que el edificio blanco de la sierra conserve algo de la calma y de la belleza de un templo? ¿Y qué sacamos con que la casa grande, la casa de los tiempos de Olsen Ture, se mantenga intacta todavía? Podría dejar el sitio a veinte colmenas humanas. De decadencia en decadencia, hemos llegado al fondo. Y ahora los remendones se alegran, no de que nos hayamos convertido todos en igualmente grandes, sino de que seamos todos igualmente pequeños. Así lo hemos querido.»

Knut Hamsun,  Un vagabundo toca con sordina. Alfaguara, 2005

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Un remo

«… Un remo dentro del agua parece quebrado, y sin embargo está entero.»

Knut Hamsun,  Un vagabundo toca con sordina. Alfaguara, 2005

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Piropo

«…― Si yo no fuese yo, quisiera ser tú…»

Knut Hamsun,  Bajo las estrellas de otoño. Alfaguara, 2005

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Triste mano de obra

«… La gran escasez de mano de obra continuaba. Cuando volví a la ciudad, una granjero me paró en la calle, quería llevarme a que trabajara para él. Supongo que notaría por mi ropa y lo demás que era un recién llegado. No me equivocaba, se me rifaban. Acompañé al hombre, que iba montado en un carro tirado por dos grandes caballos, y cuando llegamos a su granja me puso enseguida a trabajar. Tenía que cavar una pequeña fosa en la linde del bosque, me indicó las medidas en pies. No tardé nada y, cuando hube terminado, el hombre salió con un pequeño ataúd al hombro y lo colocó en la fosa. Tampoco en eso tardó nada, y como me quedé esperando una nueva orden, me hizo señas para que volviera a cubrir la fosa de tierra y dejar encima la turba. Acto seguido se marchó.»

Knut Hamsun,  Por los senderos que la maleza oculta. Nórdica, 2012

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