Caerse del árbol

«… Pero lo que no se considera en todo su alcance es la variedad de funciones que las manos desempeñan al trepar. Las dos manos jamás hacen lo mismo simultáneamente. Mientras una procura alcanzar una nueva rama, la otra se agarra a la anterior. Este agarre es de capital importancia; en caso de desplazamiento rápido es lo único que impide caer. La mano, que soporta todo el peso del cuerpo, no debe por ningún motivo soltar lo que tiene agarrado. En ello adquiere una gran tenacidad que, sin embargo, debe distinguirse del antiguo mecanismo de sujetar la presa. Porque en cuanto el otro brazo ha alcanzado la nueva rama, la mano que agarra ha de soltar la rama anterior. Si esto no sucediera muy deprisa, la criatura que trepa no podría avanzar como es debido. Este soltar velozmente es, pues, una nueva capacidad que se añade a la mano; antes la presa nunca era soltada, o solo en caso de extrema coacción y contrariando toda costumbre y voluntad.
La acción de trepar consta, pues, para cada mano por separado, de dos fases sucesivas: agarrar y soltar, agarrar y soltar. Si bien la otra mano hace lo mismo, lo hace con una fase de diferencia. En el mismo y preciso instante cada mano hace lo contrario de la otra. Lo que distingue al mono de otros animales es la rápida sucesión de ambos movimientos. Agarrar y soltar se suceden vivamente y confieren a los monos esa ligereza que tanto admiramos en ellos.
También los simios superiores, que descendieron de los árboles para volver al suelo, han seguido conservando esta capacidad esencial de las manos de, en cierto modo, hacerse el juego mutuamente. Una muy difundida actividad del ser humano nos hace pensar en ella de manera palmaria: el comercio.
Consiste este en dar algo determinado a cambio de algo que se recibe. Una de las manos se aferra tenazmente al objeto con el que procura seducir a la otra parte, mientras la otra mano se extiende anhelante hacia el otro objeto que le gustaría obtener a cambio del suyo. En cuanto lo toca, la primera mano suelta el que tiene, pero no antes, pues en ese caso podría verse privada de él. La crasa y vulgar forma de engaño consistente en que a alguien le quiten algo sin que media contrapartida alguna, corresponde, traspuesta al proceso de trepar, al hecho de caerse del árbol. Para evitarlo permanecemos alerta durante toda la negociación y observamos cada uno de los gestos de la otra parte. La alegría profunda y ampliamente difundida que el hombre encuentra en el comercio podría, pues, explicarse en parte porque en él perpetúa una de sus más antiguas configuraciones motrices bajo la forma de una actitud psíquica. En nada está hoy tan cerca el hombre del mono como en el comercio.»

Elias Canetti, Masa y poder. Galaxia Gutenberg, 2002.

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