La cárcel de los dientes

«… El instrumento más ostentoso de poder, del que el hombre y muchísimos animales están provistos, son los dientes. Su disposición en hileras y su lisa brillantez no pueden compararse con ninguna otra de las partes activas del cuerpo. Se los podría designar como el orden primordial, un orden que exige ser reconocido formalmente por todos y que actúa como una amenaza hacia fuera, no siempre visible, excepto cuando la boca se abre, lo cual sucede a menudo. El material de los dientes es diferente al de las demás partes manifiestas del cuerpo, y causaría impresión aunque tuviéramos solo dos dientes. Estos son lisos, duros y no ceden; se pueden comprimir sin que cambien de volumen; parecen piedras engastadas y pulidas con sumo esmero.
Desde muy temprano el hombre utilizó ya todas las piedras posibles para fabricarse armas y herramientas, pero tardó mucho en aprender a pulirlas hasta hacerlas tan lisas como los dientes. Es probable que los dientes le sirvieran de modelo para mejorar el acabado de sus herramientas. Muchos dientes de grandes animales le han sido útiles desde siempre. Puede que lo consiguiera con riesgo de su vida, pensando que aún contenían algo del poder del animal que lo amenazaba con ellos. Se los colgaba como trofeos y talismanes; quizá contagiasen a otros el terror que él mismo había sentido ante ellos. Con orgullo llevaba en su cuerpo las cicatrices causadas por dientes; pasaban por ser distintivos honoríficos y eran tan codiciadas que más adelante llegó a provocárselas artificialmente…
… Los dientes son los guardianes armados de la boca. Este espacio realmente estrecho es el prototipo de todas las prisiones. Lo que penetra en él está perdido; muchas criaturas ingresan vivas todavía. Un gran número de animales solo matan a su presa en las fauces, algunos ni siquiera eso. La complacencia con la que la boca o el hocico se abren, si es que no están abiertos ya durante el acecho, y la resolución con que, una vez cerrados, permanecen así, recuerdan las temidas características propias de la cárcel. No sería erróneo suponer que esta recibiera una oscura influencia del modelo de las fauces. Seguro que para los hombres primitivos no solo había ballenas en cuya boca hallaban cabida suficiente. En ese horrible lugar nada puede medrar, aunque se tuviera tiempo bastante para habitarlo. Es árido y no permite la siembra. Cuando se exterminaron las fauces de los monstruos y los dragones, se halló un sustituto simbólico para ellos: las cárceles. Al principio, cuando eran todavía cámaras de tortura, semejaban en muchos de sus detalles fauces hostiles. El infierno sigue teniendo hoy ese aspecto. Las cárceles propiamente dichas se han vuelto, en cambio, puritanas: la lisura de los dientes ha conquistado entretanto el mundo, las paredes de las celdas son una sola superficie lisa, y el tragaluz es sumamente pequeño. La libertad, para el prisionero, es todo el espacio que hay más allá de esos dientes apretados, representados ahora por las desnudas paredes de su celda.»

Elias Canetti, Masa y poder. Galaxia Gutenberg, 2002.

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