Triste mano de obra

«… La gran escasez de mano de obra continuaba. Cuando volví a la ciudad, una granjero me paró en la calle, quería llevarme a que trabajara para él. Supongo que notaría por mi ropa y lo demás que era un recién llegado. No me equivocaba, se me rifaban. Acompañé al hombre, que iba montado en un carro tirado por dos grandes caballos, y cuando llegamos a su granja me puso enseguida a trabajar. Tenía que cavar una pequeña fosa en la linde del bosque, me indicó las medidas en pies. No tardé nada y, cuando hube terminado, el hombre salió con un pequeño ataúd al hombro y lo colocó en la fosa. Tampoco en eso tardó nada, y como me quedé esperando una nueva orden, me hizo señas para que volviera a cubrir la fosa de tierra y dejar encima la turba. Acto seguido se marchó.»

Knut Hamsun,  Por los senderos que la maleza oculta. Nórdica, 2012

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