Un caballo rijoso

«… No se puede poner un bozal a los hombres como si fueran perros porque no lo son. Y, en el fondo, tampoco los animales deberían ser obligados a realizar lo que no desean. En una ocasión, él había visto a un carretero martirizar a su caballo; para hacerle cesar en una excitación sexual que la pobre bestia no podía dominar, la emprendió a patadas contra su vientre y sus testículos, al extremo de que el caballo mordía los palos entre los que estaba atado, temblando y con los ojos desorbitados por el sufrimiento y el terror.»

Juan Eduardo Cirlot,  Nebiros. Siruela, 2016

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