Lo único que podía hacer aparecer todavía una sonrisa

«… Al llegar a la encrucijada siguiente, donde terminaba el mercado callejero, se asombró de encontrar un grupo formado por dos o tres mendigos, uno de los cuales debía ser ciego. ¿Era posible que, al lado de tanta comida que no compraba nadie, hubiese mendigos en espera de un mendrugo de pan? Dio unas monedas a cada uno, esperando que se levantaran del suelo, donde estaban echados como perros, y se dirigieran a la taberna más cercana para beber. Había gente que se extrañaba de ello. Los “buenos”, los que se llamaban de este modo a sí mismos, se horrorizaban de que los mendigos bebieran vino. Darles comida sí, pero no dinero. No se puede mantener el vicio. ¿El vicio? ¡Perros! Mucho más perros que los mendigos tirados en plena calle eran los que creían que, llegado a cierto grado extremo de necesidad, los hombres no tenían ya derecho al placer… Deseaba que aquellos mendigos fueran a beber con su dinero. Para comida ya les darían los otros. Él les hacía limosna para que mantuvieran su vicio más querido, lo que daba sentido a sus existencias rotas y disgregadas, lo único que podía hacer aparecer todavía una sonrisa en sus caras acartonadas.»

Juan Eduardo Cirlot,  Nebiros. Siruela, 2016

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