Un abismo en sus ojos

«… Moritz se encontraba de nuevo en la planta de arriba. Tras llamar a la puerta, pasó un rato considerable hasta que oyó un “adelante” con voz clara. Tina se había desvestido y estaba sentada frente al espejo del tocador, arreglándose el pelo antes de acostarse. Cuando Moritz fue a besarle la mano, sintió en el brazo de ella el tirón de una duda. Cuando se disponía a darle un informe sobre la repentina marcha del invitado, al pronunciar el nombre de Schenius se abrió de repente un abismo en los ojos de Tina. Moritz pudo leer en ellos que había perdido para siempre a su mujer, y que su vida se había terminado. Tina lo vio colocarse tras ella, mientras el color le desaparecía del rostro; sintió cómo su propias mejillas se encendían de fulgor, y cómo se le cerraban los ojos. Cuando los volvió a abrir, estaba sola.»

Rudolf Borchardt. El amante indigno. Ardicia, 2017

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Mujer y hombre

«… Las mujeres están creadas a partir de una costilla curva; los hombres, a partir de un terrón de tierra. Algo curvo y algo redondo han de encajar bien.»

Rudolf Borchardt. El amante indigno. Ardicia, 2017

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Trump y el fin de la hegemonía norteamericana

«… Trump no es una excepción, está tocando las teclas de un registro muy profundo: el miedo al cambio. Reacciona a un fenómeno geopolítico inexorable: el fin de la hegemonía norteamericana. Eso da miedo y enfada a muchos americanos. El hecho es que, de repente la globalización —defendida fervientemente por los americanos desde 1945— les ha hecho despertarse del sueño. La globalización amenaza la hegemonía norteamericana. Reagan fue una reacción al miedo producido por el auge de Japón y Trump es la contrarrevolución visceral contra el auge de China. Trump puede librar una batalla comercial contra China pero no creo que eso vaya a cambiar los términos básicos de la ecuación geoestratégica. Esta es una transición histórica para la hegemonía norteamericana. Nadie creo que sospeche de mis simpatías hacia EE.UU, pero su declive es un hecho inexorable que está cambiando la esfera política internacional y el panorama político en EE.UU .»

Entrevista a Michael Ignatieff. En Crónica de El Mundo, nº 1173, 29 de abril de 2018

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Vulnerar la privacidad del próijmo

«… Así pues, no es que una élite ultracompetente se esté apoderando del mundo. Lo que ocurre es que hemos llegado a una situación en la que a todos, incluidos los mayores operadores de servicios en la nube, les cuesta entender lo que ocurre. Vulnerar la privacidad del prójimo funciona bien al principio y permite crear fortunas a base de cálculos, pero al final acaba fracasando. Esta dinámica ya ha provocado varias crisis financieras. En el futuro, si quienes están al mando de los mejores ordenadores del mundo poseen la mayor cantidad de datos personales y logran predecir y manipular al conjunto de la población más que nadie, las consecuencias podrían ser aún peores.»

Jaron Lanier,  Nuevas concepciones de la privacidad. En Investigación y Ciencia, Temas nº 91, 1er trimestre 2018

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Lo único que podía hacer aparecer todavía una sonrisa

«… Al llegar a la encrucijada siguiente, donde terminaba el mercado callejero, se asombró de encontrar un grupo formado por dos o tres mendigos, uno de los cuales debía ser ciego. ¿Era posible que, al lado de tanta comida que no compraba nadie, hubiese mendigos en espera de un mendrugo de pan? Dio unas monedas a cada uno, esperando que se levantaran del suelo, donde estaban echados como perros, y se dirigieran a la taberna más cercana para beber. Había gente que se extrañaba de ello. Los “buenos”, los que se llamaban de este modo a sí mismos, se horrorizaban de que los mendigos bebieran vino. Darles comida sí, pero no dinero. No se puede mantener el vicio. ¿El vicio? ¡Perros! Mucho más perros que los mendigos tirados en plena calle eran los que creían que, llegado a cierto grado extremo de necesidad, los hombres no tenían ya derecho al placer… Deseaba que aquellos mendigos fueran a beber con su dinero. Para comida ya les darían los otros. Él les hacía limosna para que mantuvieran su vicio más querido, lo que daba sentido a sus existencias rotas y disgregadas, lo único que podía hacer aparecer todavía una sonrisa en sus caras acartonadas.»

Juan Eduardo Cirlot,  Nebiros. Siruela, 2016

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No hay camino de vuelta

«… El mayor recordaba que, en otro tiempo, habían recorrido aquel camino excavado en la dirección opuesta. Por entonces, el más joven aún vivía con los padres. El mayor sentía un nudo en la garganta por la pena de la despedida. Al dejar atrás el camino excavado, el más joven le había dicho: “Ahora te irás al mundo”.
Aquellas palabras encerraban cierta inquina. El mayor había comprendido que tampoco el hermano se quedaría en el pueblo. ¿Debería haberle dicho que, allende aquel camino excavado, no había encontrado más que desórdenes del corazón y el anhelo de volver a casa? ¿Y que lo único que buscaba ahora era el camino de vuelta? Pero no hay camino de vuelta, hermano, eso es lo que tendría que haberle dicho en lugar de guardar silencio.»

Hermann Ungar,  Los hermanos, en Narrativa completa. Siruela, 2017

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Un caballo rijoso

«… No se puede poner un bozal a los hombres como si fueran perros porque no lo son. Y, en el fondo, tampoco los animales deberían ser obligados a realizar lo que no desean. En una ocasión, él había visto a un carretero martirizar a su caballo; para hacerle cesar en una excitación sexual que la pobre bestia no podía dominar, la emprendió a patadas contra su vientre y sus testículos, al extremo de que el caballo mordía los palos entre los que estaba atado, temblando y con los ojos desorbitados por el sufrimiento y el terror.»

Juan Eduardo Cirlot,  Nebiros. Siruela, 2016

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